sábado, 26 de octubre de 2013
viernes, 6 de septiembre de 2013
Australia: el paraíso animal
Sinceramente, creo que aquellos documentales que todos hemos
visto acerca de Australia, de sus paisajes, sus playas, sus montañas… se quedan
cortos. Es curioso puesto que en otros casos muestran más de lo que realmente
hay. En el caso de Australia, además de la belleza intrínseca de este lugar, se
le une un halo que tildaría de mágico. A esto se le unen sonidos, cambios de
temperatura, de luces, en definitiva, cosas que se sienten solo al estar allí.
Esa es la sensación que me dejan los últimos viajes realizados a propósito de
la visita de Alba, la hermana de Sabela. En concreto visitamos la selva
Daintree y Cairns (donde vive la gran barrera de Coral) así como los dos sitios
más emblemáticos del estado donde vivo, South Australia: Kangaroo Island y Flinders
Rangers.
Estamos ante sitios con personalidad, únicos, irrepetibles. Los
contrastes son tremendos pues pasamos de una selva tropical cerrada (donde, a
veces, no se ve el cielo), la cual caracteriza al Daintree National Park, donde
el agua rebosa, a un espacio árido y polvoriento, como son los Flinders Ranges,
pasando por Kangaroo Island donde las singularidades de una isla son más que
evidentes. Lo que es común a todos estos lugares (aparte de su belleza) es la
abundante fauna que en ellos habita. En estos lugares tienen cobijo cocodrilos,
cassowaries (relíctico animal de aspecto similar a un avestruz), canguros
(cientos), focas, leones marinos, wallabies, camellos, lagartos, serpientes,
conejos, águilas (las más grandes que nunca he visto), pájaros de todos los
colores, mariposas gigantes, emus (primo hermano, de nuevo, del avestruz), peces
representando toda la gama de colores (gran barrera de coral), tiburones (pero
pequeños y vegetarianos; en Kangaroo Island los hay bien grandes, pero esos no
los vimos), todo tipo de aves marinas, equidnas, platypus, gansos, caballos,
vacas, ovejas, corderos…
La lista continua, de ahí la singularidad de este país. Lo
bueno no es saber que existen sino verlos en su ambiente. Cuando los veo me
siento parte del ecosistema y eso me hace sentirme feliz y realizado. Ellos me
miran y yo les miro y casi siguen a lo suyo, que es vivir. Ellos no tienen
maldad, solo pretenden tener su espacio vital. Las sensaciones que uno siente
cuando cae la tarde y ves cientos de canguros pastando en la media montaña de
los Flinders Rangers es indescriptible. Sensaciones parecidas te produce el
hecho de ver un águila que puede llegar a medir tres metros extendida,
consumiendo un canguro o un emu muerto en un lado de la carretera. Buscamos
cocodrilos en el Daintree River y encontramos uno minúsuculo apostado en la
orilla. En nuestro viaje al Daintree no no encontré con el Cassowary, si bien
me hubiese encantado. Allí mismo estuvimos siguiendo a una mariposa gigante y
azul, la cual nos parecía indicar un camino que no entendimos. También seguimos
a una tortuga marina en nuestro buceo por la gran barrera de coral, su aleteo
fue majestuoso. Aun me froto los ojos cuando llegamos al Admirals Arch, especie
de ventana al mar, y encontramos cientos de focas y leones marinos apostados en
la rocosa costa. La estampa de una foquita recién nacida tomando leche de su
madre creo que nunca se nos olvidará. Tampoco olvidaremos cuando tuvimos que
parar el coche pues varios Emus estaban cruzando la carretera (varias veces lo tuvimos
que hacer ante el incesante tráfico de canguros).
Me he centrado en la fauna en este escrito por lo novedoso
que es para mí ver tantos animales en su hábitat natural. Si bien, también lo
podría haber hecho en la fauna, geología, relieves… lo dejaré para otra ocasión.
domingo, 21 de julio de 2013
jueves, 9 de mayo de 2013
Recapitulando
Viendo la fecha de entrada puede parecer que este relato de
los hechos se refiere a una fecha lejana en el tiempo, así es. Esté escrito lo
comencé tras las vacaciones de Navidad pero lo termino ahora. Cuando escribo me
gusta revisar lo escrito pasados unos días. Es mi forma de decir las cosas en
la forma en que realmente las quiero decir y de corregir palabras y frases cuyo
resultado final no me convence. Pues bien, esta acción de revisión se ha
prolongado en el tiempo hasta la fecha actual razón por la cual me refiero en
presente a hechos que ocurrieron en el pasado.
Los grillos no se han cansado de cantar durante el último
verano, Adelaida se recupera de los días calurosos, solo las noches nos daban
un respiro. Todo lo cuento desde nuestra nueva casa, situada en la encrucijada
en que dibujan Unley y Cross Road. Nuestra calle es tranquila,
la típica calle de viviendas unifamiliares australinas, pero con dos
peculiaridades que la hacen muy diferente del resto, digamos tres. La primera
es la importante presencia de árboles, jacarandas en concreto, las cuales nos
tendieron una alfombra de flores violetas a nuestra llegada. La segunda es que
está cortada al tráfico, solo pasan bicis y para que lleguen los coches aquí
tienen que dar un importante rodeo. Esto no solo nos libera de los molestos
ruidos de coches (de ahí que oiga los grillos) y dota a los vecinos de ese
espacio que en muchos sitios les ha sido arrebatado a favor del coche. El otro
día oí niños, excelente bioindicador, ellos jugaban al criquet (deporte rey en el verano Australiano), sin reparar en que
son una minoría privilegiada. El coche tiene mayoría absoluta en el resto de
sitios, el dicta órdenes a su antojo. La tercera peculiaridad, es que nuestra
calle enlaza con nuestra querida Rugby
Street, una calle trufada de calles cortadas, que nos deja en 10 minutos en
bicicleta, y de forma muy segura, en South
Terrace, antesala de nuestra querida ciudad, Adelaida. Podría añadir más
ventajas, como que estamos al lado de nuestro cafetín favorito para desayunar (A Mother’s
Milk), las cuales se resumen en un sentimiento: nuestra felicidad.
Ha llovido desde mi última comparecencia cibernética. Tanto
que me dio tiempo, entre otras cosas, a recorrerme el mundo y volver a España para
visitar a mis seres queridos, evento que tuvo lugar las pasadas Navidades. El
encuentro, como no puede ser de otra forma, fue muy especial, no obstante
llevaba años y cuatro meses sin verlos (sin veros). Cada día, cada acción, se
convirtió en especial y formará parte de mi recordatorio particular de aquí al
final de mi existencia. Llegué a Madriz, allí me esperaban mi querida madre y
hermano. De camino paramos en una venta, de esa de platos generosos y carnes a
la brasa, los cuales recibí casi con lágrimas en los ojos. No es que en Australia
no coma bien sino que hay cosas que se echan de menos pues bien no las
encuentras o porque aunque las encuentres no son de la misma forma. Yecla me
recibió con mis queridos amigos ataviados a lo “Bienvenido Mr Marshall”. El
tiempo pasó rápido pero todo lo viví con una intensidad especial.
La verdad es que no he escrito tanto como me gustaría pero
es que los días se me pasan a velocidades de vértigo (me comentan que conforme
creces, los días se pasan más rápido, doy fe). Entre semana el trabajo nos
quita buena parte del tiempo y el sobrante lo intentamos ocupar con las cosas
que nos llenan: hacer deporte, acudir a la biblioteca, leer, ver una película,
ver a los amigos… lo típico, esas pequeñas cosas que hacen que este invento que
es la vida valga tanto la pena. También hay que buscar tiempo para mantener la
casa y cocinar, que no es poco. Mi afición por la cocina es algo que viene de
tiempo atrás (por más que mi querido hermano lo niegue, jaja). Según cuentan
los que saben de esto (mi querida madre, sin ir más lejos), empecé haciendo
gachasmigas cuando mi altura apenas llegaba a la de la barbacoa, razón por la
cual busqué una caja con la que ganaba ese palmo y medio que me faltaba. Se
puede decir que es una afición que he recuperado puesto que durante la tesis
apenas pude practicarla. Sin embargo, seguí comiendo bien puesto que mi madre
me surtía con tuppers congelados. Ante las acusaciones que esta práctica puede
conllevar, tengo que decir en mi defensa que mi madre siempre dijo que a ella
le daba igual “echar un puñado más”. Una vez hecha la reseña sobre la cocina,
llegamos al viernes, día de mercado central, lugar donde nos nutrimos con el
80% de la comida que necesitamos para pasar la semana. Me gusta el mercado
central, su ambiente, su olor… me gusta puesto que ves a gente, quedas con
gente. Siempre hay alguien tocando por lo que las melodías se cuelan entre los
gritos de los mercaderes. En el mercado hay cercanía, son puestos regentados
por familias, muchos de ellos generación tras generación y con productos en su
mayoría locales. Normalmente mi compra se divide entre 10 puestos, lo cual es
beneficioso para mi ya que elijo lo mejor que tiene cada uno, pero también para
la economía local, puesto que reparto mi dinero entre muchos (en vez de dárselo
todo a uno solo rico, dueño de una cadena de supermercados). El fin de semana
suele ser abierto con prioridad absoluta para hacer lo que nos apetezca en cada
momento. El factor común suelen ser desayunos largos, pausados, de esos en los
que pones música y te relajas.
Uno de esos fines de semana, más
largo de lo normal por ser public
holidays (vamos, tuvimos un puente), lo dedicamos a explorar una zona a la
que le teníamos muchas ganas, la parte sur de la Yorke península: Innes
National Park. Si miramos al oeste de Adelaida nos encontramos con una
península que tiene la forma de Italia y que responde al nombre de Yorke. Esta península vive a la sombra
de la que tenemos al Sur, la Fleurieu
península, donde los vecinos de Adelaida suelen ir a pasar sus vacaciones
(también hay que decir que está más cerca). Fue precisamente este hecho, unido
a mi anterior visita a la zona central y norte de la Yorke península y a su carácter rural y de antigua zona minera, los
que inmediatamente captaron mi atención. El citado parque nacional se encuentra
en el extremo sur de la península y guarda un cierto parecido con nuestro
querido Cabo de Gata. La diferencia es que estábamos prácticamente solos.
Bueno, me refiero a solos con respecto a seres humanos ya que la fauna brilla
por su presencia: canguros, emus, todo tipo de aves, peces… la visita fue aun
más especial ya que se llevó a cabo en grupo, en un gran grupo de amigos bien
diverso y mestizo compuesto por gente proveniente de todos los rincones del
planeta: Israel, Australia, Nueva Zelanda, Croacia, Islas Baleares, Galicia.
Por haber había hasta gente de Murcia…
Nuestra segunda escapada fue a Tasmania. Dicen los locales
que Tasmania tiene un poquito de cada sitio de Australia lo cual le hace totalmente
diferente al resto. Tienen razón, Tasmania no se parece a nada de lo que yo
había visto en Australia, empezando por su capital, Hobart, una preciosa ciudad
jalonada a lo largo de pequeñas colinitas y que rinde homenaje a su precioso
puerto donde barcos de todo tipo se balancean al son que marcan las olas. La
ciudad está presidida por el Mount Wellington, coloso de más de 1000 metros de
altura donde tormentas de nieve te pueden sorprender aunque sea verano (lo digo
por experiencia propia). El viaje lo realizamos cumpliendo uno de mis sueños
que era viajar en autocaravana y lo hicimos con unos amigos de Ecuador. La
experiencia fue inolvidable. Tasmania me sorprendió con muchas cosas pero me
quedo con las facilidades que tiene para hacer turismo de “pateo” (estará entre
los mejores sitios del mundo para la práctica del senderismo a todos los
niveles), con su número de árboles (y la grandiosidad de algunos de ellos) y
con la vasta cantidad de fauna que aun habita esa isla, santuario que deben
seguir protegiendo.
Creo que por esta vez es suficiente. He intentado resumir lo
vivido y lo sentido durante los últimos meses. Gracias a todos los que estáis
ahí.
Un abrazo, Martín.
martes, 29 de enero de 2013
sábado, 14 de julio de 2012
Estableciendo paralelismos
El invierno enfría el sur de Australia, aunque no lo hace
demasiado, permitiéndonos disfrutar de él. Lejos queda el último invierno
Yeclano de grados bajo cero, más frío, pero no por ello menos especial. Acabé
mi última entrega hablando de inmigración y comienzo esta de la misma manera,
por algo será, será que estoy en la piel de uno de ellos… También vuelvo a
hablar de situaciones que se repiten pero no a mi, si no a la gente que he ido
conociendo durante mi periplo de más de 10 meses. Son temas recurrentes, que se
repiten en el fondo pero no en la forma. La mayoría de los residentes de este
país comparten una historia y es la de dejar atrás un país, una realidad, unas
costumbres, un clima… y cambiarlas por otras totalmente distintas. Muchos europeos
vinieron tras la Segunda Guerra Mundial e iniciaron su vida aquí, pocos por
voluntad propia, como es de esperar. La mayoría vinieron “forzados”, ya fuera
por temas laborales o políticos. Estos se pueden ganar el título de
“refugiados”, título que con todo derecho poseen otros, tanto europeos como
africanos, asiáticos, etc., que vinieron a Australia dejando atrás países
asolados y destrozados por guerras, siempre inútiles e injustificadas.
La mayoría, por no decir todos, nunca olvidarán sus países y
los tienen muy presentes en su día a día de forma diversa: a través del
contacto con sus seres queridos, manteniendo las tradiciones de allí pero aquí,
decorando sus casas de acuerdo con las costumbres de sus países, cocinando sus
platos típicos, organizando festivales… todos tienen una historia y todos
quieren contártela y tu, por supuesto, escucharla. Es raro el fin de semana en
el que no se celebra el festival de algún país. Estos festivales comparten esquema
y es la puesta en relieve de la cultura del país en todas sus vertientes:
música, bailes, comida, bebida, deporte, etc. Resulta interesante cuando
algunos de estos inmigrantes deciden, tras muchos años sin saber que fue de sus
antepasados (casi siempre por temas bélicos), emprender la búsqueda en el túnel
del pasado y saber que fue de ellos, incluidos padres o abuelos, ya que muchos
vinieron cuando eran muy jóvenes con algún familiar, y no llegaron a conocer, o
lo hicieron a edades muy tempranas, a sus familiares más cercanos.
Para nosotros también resulta muy gratificante la conexión
que tenemos casi instantánea con gente de Centro y Sudamérica así como con
gente ribereña del Mediterráneo. En el primer caso parece claro que es un tema
genético y lingüístico. En el segundo parece más bien un tema de costumbres,
condicionadas por un mar y por un clima que derivan en platos comunes, eventos
al aire libre, la plaza como lugar de encuentro, el mar… Por ello, no es de
extrañar las buenas conexiones (aparte de con españoles) con salvadoreños,
italianos, croatas, etc.
Al hilo de lo que vengo hablando, hace unas semanas acudimos
a un evento conocido como “Walking together” (Caminemos juntos) donde los
Australianos (llamemos así a los nacidos aquí o a aquellos que llevan un buen
número de años) daban la bienvenida a todos los inmigrantes y les invitaban
precisamente a “Caminar juntos” en “pro” de una sociedad más unida,
desarrollada y tolerante. Al final de la marcha hubieron varias intervenciones,
algunas puedo decir que incluso emotivas. Viene a mi memoria la de una anciana
aborigen, la cual mostraba su inmensa alegría por poder ser participe de una
sociedad tan diversa. Una de sus anécdotas fue que cuando va al colegio a
recoger a sus nietos, ya no sabe cuales son los suyos pues los colores de piel
se confunden con tonos pacíficos, asiáticos incluso africanos. Al respecto, y
como he comentado en alguna otra entrega, esto no es lo normal ya que por regla
general, los aborígenes y los “blancos” (los que son menos oscuros que ellos
aparte de los africanos) no están muy mezclados en esta sociedad. También
resultó emocionante la intervención de una chica de Sierra Leona, la cual huyó
de su país en plena guerra civil con tan solo 14 años tras pasar por un campo
de refugiados y perder a su padre. La chica contaba como la gente que encontró
en los campos de refugiados y que formaron parte de su vida allí fueron los
mismos que previamente querían matar a ella y a su familia, paradojas de la
vida. La chica comentó entre risas que “no vengo a quitaros vuestros trabajos
ni vuestros maridos, solo vine huyendo de un infierno para contribuir al
desarrollo de vuestro país”. Los parlamentos comenzaron tras un poco de música
(que siempre tiene algo de magia) a cargo de unos jóvenes llamados “Minority
tradition”, los cuales me sorprendieron por el contenido de sus letras y por la
pasión que por ellas demuestran (http://www.triplejunearthed.com/MinorityTradition).
Eventos de esta índole no hace más que poner de manifiesto
la enorme diversidad cultural de este país y sirve para recordar cuanto de
bueno tiene para una sociedad esta multiculturalidad. Los testimonios de la
gente también sirven para comprobar que nadie estamos a salvo de cambiar
nuestro estatus y los países que antes recibían emigrantes, en poco tiempo
pueden pasar a emitirlos (tenemos como ejemplo más evidente y cercano el de España).
Por esta razón, pero sobre todo por una razón de índole humanitaria, debemos
respetar y apoyar al inmigrante. Esta sociedad de consumo nos ha malacostumbrado
a hacer algo esperando algo a cambio “¿Qué me das por lo que te doy?”, casi
siempre hablando en términos materiales, tangibles. En el caso de la inmigración
que llega a un país, el que ayuda al inmigrante siempre recibe a cambio la
amistad sincera y de por vida del receptor de la ayuda, algo de incalculable
valor, mucho más que la acumulación de objetos materiales. Sin embargo, el
ayudado (y lo digo por experiencia propia) piensa que nunca va a ser capaz de
devolver la ayuda prestada a esa persona. La forma de contribuir es ayudando a
otra persona. Creo que eso es cooperación y así se construye una sociedad. Pongo
en mis teclas palabras del gran Karlos Arguiñano en un programa que vi hace
poco y que le honra como persona y como cocinero: “Un respeto a los
inmigrantes”. Mi actitud puede parecer ventajista ya que yo estoy en la piel de
uno de ellos pero en mi defensa esgrimo que es algo que ya pensaba y defendía
antes de venir. Lo que si que es cierto es que ahora lo tengo más presente
puesto que es precisamente mi realidad.
Por último y para terminar, quería dejar claro que no son
todos derechos para los inmigrantes, estos, nosotros, también tenemos
obligaciones. Creo que este es un tema que los inmigrantes tienen que tener en
cuenta cuando van a otro país y es que ya no están en el suyo. Eso conlleva
adaptarse a sus horarios, respetar sus tradiciones, hablar su lengua, en
definitiva, intentar adaptarse, y no intentar que el país se adapte a ti. Queda
claro que todo es más fácil si el país receptor pone de su parte, como es el
caso. Creo que es una relación mutualista, donde los dos individuos salen
beneficiados. Como beneficiado me siento yo por poder contaros todo esto y por
tener como amigos o familia a gente que lo lee.
Un beso,
Martín (José Martín para mi familia).
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