sábado, 8 de noviembre de 2008
domingo, 19 de octubre de 2008
CRUZANDO EL CHARCO
Estimad@s tod@s,
La fecha de mi vuelta se acerca (se acaba la tranquilidad para algun@s, jeje) y la verdad es que, como suele pasar en estos casos, cada vez me encuentro más a gusto en este impredecible país, y no solo porque el tiempo sea cada vez mejor (se nota la Primavera), así como el idioma y el conocimiento del país, sino sobre todo porque hago nuevos amigos cada día y porque afianzo las amistades establecidas. Que importante es la amistad, siempre lo he dicho y siempre lo diré, un buen amigo o amiga es algo que siempre está ahí, que no caduca, no perece. Además, es la mejor forma de conocer realidades, no solo personales sino también culturales, comportándose, en el caso de las personas extranjeras, como auténticos escaparates de todo lo relacionado con sus países de origen: política, comida, historia, Medio Ambiente, costumbres… Y es que, en este país, también conocido por mi como Naciones Unidas, confluyen gentes de todos los países del mundo en una casi perfecta armonía (muchos países tendrían que aprender de esta tolerancia y convivencia). De esta manera, ahora tengo amigos repartidos por todo el planeta: Méjico, Brasil, Argentina, Urugay, Chile, prácticamente todos los países de Europa, China, Rusia, Jordania, Irak (sí, conocí un profesor Irakí que se encuentra haciendo unas cosas en Nueva Zelanda en su año sabático. Me quedé con las ganas de conocer de primera mano como es el trabajo de un profesor universitario en un país como Irak ya que no lo he visto mucho), Malasia, Singapur, Australia… la verdad es que esta es la parte que más me llena de todo lo que voy conociendo aquí, dando como resultado un coctel casi perfecto de trabajo, viaje, conocimiento general y amistades.
Estas dos últimas semanas he vivido en la Garden City (Christchurch, o ChCh). Esta ciudad es la más importante de la Isla Sur (300.000 habs, más o menos) y segunda de Nueva Zelanda. Se encuentra enclavada en el inicio de una península que un volcán se encargó de crear, cuyo centro está presidido por la preciosa ciudad de Akaroa, a la cual tuve la oportunidad de acudir la semana pasada, coincidiendo con el Festival Francés. Este festival que se celebra cada año, conmemora la llegada de la primera expedición extranjera a estas tierras, se trataba de marineros franceses y alemanes. De hecho, las calles no son Streets, son Rues y se puede leer las bonitas palabras de Boulangerie o Brasserie, que tantos buenos recuerdos traen a mi mente, dando como resultado un pueblo kiwi pero con un descarado aire francés, apasionante. Me lo pase de escándalo, comiendo crêpes, asistiendo a carreras de caracoles y de camareros así como escuchando a algunas bandas presididas por ese instrumento que directamente relaciono con Francia como es el acordeón. Volviendo a ChCh, la verdad es que es una ciudad bonita (cosa que escasea en NZ, donde lo bonito no está dentro sino fuera de las urbes), muy organizada, con un aire artesanal, con muchos estudiantes y con un ambiente que ya quisieran muchas ciudades para ellas. Mi corta estancia me ha servido, entre otras cosas, para comprobar que la gente del Sur es mucho más abierta y dicharachera que la habitante en la Isla Norte. El indicador utilizado ha sido el número de veces que he salido de juerga con los compañeros de trabajo, un total de 3 en dos semanas, por 0 en Wellington. No quiero decir con esto que las personas sean mejores ni peores, solo diferentes. Gente como la de aquí, en mi trabajo de Wellington, son contadas, aparte de mi adorable jefe del cual solo puedo tener buenas palabras, uno de sus últimos actos fue invitarme a su casa a cenar, previo paseo por una de las zonas donde se rodó El Señor de los Anillos, así como regalarme 6 botellas de mi favorita KiwiCerveza. Hablando de cervezas, el viernes estuve en Dux de Lux, en Christchurch, mejor bar de Nueva Zelanda dicen los entendidos. Bueno, después de haber estado, lo confirmo, hasta me aventuraría a decir que es uno de los mejores del mundo, al menos, en los que yo haya estado. Había un ambiente espectacular (habían como 100 personas en la terraza cuando llegué a pesar de no ser una noche especialmente cálida) y la comida estaba de muerte, pero no es eso por lo que destaca, lo hace por la cerveza. La cerveza la hacen ellos, y tienen 6 tipos¡, de barril, cada cual mejor¡ especialmente una de ginsen que estaba sencillamente espectacular. Han sido dos semanas de trabajo intenso en la Universidad de Lincoln, donde no he parado un solo segundo de aprender, y donde todo el mundo me ha tratado fenomenal, empezando por la persona que me enseñó todo, Lynne. Que mujer más encantadora, me he sentido como en casa con ella ya que me hizo un hueco en su despacho, dejaba siempre su ordenador encendido para que yo mirara Internet, me ha ayudado mucho con los análisis, me ha llevado al campo, de hecho he realizado trabajo de campo con ella, me invitó a comer… Durante este tiempo, he vivido en la misma Universidad, en casas para estancias cortas (pero no de las de quita y pon de la Universidad de Elche), una casa para mí solo, con dos plantas, con forma de barraca, con jardín con césped delante, y con vistas a un inmenso pasto, como no, de ovejas con las cumbres nevadas de los Kiwi Alpes al fondo… en definitiva, ¿qué mas se puede pedir? Creo que nada más, si lo hubiera intentado imaginar, el mejor de los sueños se acercaría bastante a lo real. Como colofón, el sábado me alquilé un coche y me fui a la montaña, pasando de la costa Este a la costa Oeste. Mis palabras para definir lo vivido serían parecidas a las utilizadas en la versión anterior de este “Elegante”, por ello no me voy a repetir, pero si diré que por un momento llegué a pensar que aquello no era cierto, que estaba soñando, vigilia causada por una sobredosis de estímulos: cumbres nevadas, glaciares, rios, vegetación exuberante pero también discreta, carreteras que miraban al cielo, loros enormes, conejos, pastos con todo tipo de animales, lagos… la única lástima es que estaba nublado, pero me vuelvo a quedar con ese momento cuando me acerco a la costa y de repente, como por arte de magia, se abre el cielo, el sol brilla con fuerza y vuelve a aparecer ante mis ojos el océano Pacífico. Por cierto, en este viaje, en el cual iba solo, conocí a tres chicos sudamericanos (Chile, Argentina y Uruguay). El caso es que vi un coche parado y tres chicos intentando solventar un problema, paré y me comentaron el tema. A todo esto no había cobertura, y los pueblos escasean en esa zona de montaña (Arthur’s Pass), por lo que realmente necesitas la ayuda de alguien que pare. Recorrimos cerca de dos horas (tiempo durante el cual repasamos el pasado, presente y futuro de Sudamérica y de España) hasta llegar a un pueblo costero y poder comprar una batería (la antigua sencillamente falleció). Volvimos y conseguimos solventar el problema y de paso conocer a tres auténticos fenómenos a los cuales tendré la oportunidad de volver a ver cuando venga al Sur de nuevo de vacaciones, y quien sabe si en Sudamérica cuando por fin vaya, pues es uno de mis sueños.
En fin, ya estoy de vuelta en Wellington, el tiempo ha pasado y no me he dado cuenta, y ya estoy casi acabando, ya que salgo el 10 de Noviembre, dos días después de las elecciones, donde la actual Primera Ministra, Helen Clark (Labour), creo que va a tener que ceder su puesto a John Key (National). El lunes de la semana próxima, viene un buen amigo de España y nos embarcamos de nuevo en el Interislander, para cruzar el charco, con la intención de explorar cada rincón de la Isla Sur. Serán 9 días, que se me antojan cortos, ante lo mucho que ofrece la Isla Sur, tengo tantas cosas en mente que creo que no podremos completarlas todas, aunque se intentará. Entre ellas está la visita a una bodega de vinos biodinámicos (es una especie de agricultura ecológica que fundamenta su base en los ciclos lunares) donde trabaja una amiga holandesa, probar varias actividades como son el Zorbing (tirarnos rodando ladera abajo en una bola), montar en globo o puenting, ir a Fiordland (cuna del que dicen, es el sitio más espectacular de Nueva Zelanda, llamado Milford Sound), visitar zonas de la Isla Sur donde se rodó el Señor de los Anillos, Parque Nacional de Abel Tasman, comer mejillones en Havelock, visitar la Universitaria ciudad de Dunedin así como su fábrica de cerveza, bucear con delfines y ver ballenas y pingüinos en Kaikoura, ver el glaciar de Frank Josef, visitar el techo de NZ (Mountain Cook, 3754m) y un largo etcétera de posibilidades que este apasionante país ofrece al curioso visitor. Termino de esta manera mi “Elegante” emplazando a vosotros, lectores, a la última versión del mismo donde contaré lo vivido en este apasionante viaje así como mis reflexiones sobre esta mi estancia, la que ya califico de antemano como incalificable.
Ser felices, Martín.
La fecha de mi vuelta se acerca (se acaba la tranquilidad para algun@s, jeje) y la verdad es que, como suele pasar en estos casos, cada vez me encuentro más a gusto en este impredecible país, y no solo porque el tiempo sea cada vez mejor (se nota la Primavera), así como el idioma y el conocimiento del país, sino sobre todo porque hago nuevos amigos cada día y porque afianzo las amistades establecidas. Que importante es la amistad, siempre lo he dicho y siempre lo diré, un buen amigo o amiga es algo que siempre está ahí, que no caduca, no perece. Además, es la mejor forma de conocer realidades, no solo personales sino también culturales, comportándose, en el caso de las personas extranjeras, como auténticos escaparates de todo lo relacionado con sus países de origen: política, comida, historia, Medio Ambiente, costumbres… Y es que, en este país, también conocido por mi como Naciones Unidas, confluyen gentes de todos los países del mundo en una casi perfecta armonía (muchos países tendrían que aprender de esta tolerancia y convivencia). De esta manera, ahora tengo amigos repartidos por todo el planeta: Méjico, Brasil, Argentina, Urugay, Chile, prácticamente todos los países de Europa, China, Rusia, Jordania, Irak (sí, conocí un profesor Irakí que se encuentra haciendo unas cosas en Nueva Zelanda en su año sabático. Me quedé con las ganas de conocer de primera mano como es el trabajo de un profesor universitario en un país como Irak ya que no lo he visto mucho), Malasia, Singapur, Australia… la verdad es que esta es la parte que más me llena de todo lo que voy conociendo aquí, dando como resultado un coctel casi perfecto de trabajo, viaje, conocimiento general y amistades.
Estas dos últimas semanas he vivido en la Garden City (Christchurch, o ChCh). Esta ciudad es la más importante de la Isla Sur (300.000 habs, más o menos) y segunda de Nueva Zelanda. Se encuentra enclavada en el inicio de una península que un volcán se encargó de crear, cuyo centro está presidido por la preciosa ciudad de Akaroa, a la cual tuve la oportunidad de acudir la semana pasada, coincidiendo con el Festival Francés. Este festival que se celebra cada año, conmemora la llegada de la primera expedición extranjera a estas tierras, se trataba de marineros franceses y alemanes. De hecho, las calles no son Streets, son Rues y se puede leer las bonitas palabras de Boulangerie o Brasserie, que tantos buenos recuerdos traen a mi mente, dando como resultado un pueblo kiwi pero con un descarado aire francés, apasionante. Me lo pase de escándalo, comiendo crêpes, asistiendo a carreras de caracoles y de camareros así como escuchando a algunas bandas presididas por ese instrumento que directamente relaciono con Francia como es el acordeón. Volviendo a ChCh, la verdad es que es una ciudad bonita (cosa que escasea en NZ, donde lo bonito no está dentro sino fuera de las urbes), muy organizada, con un aire artesanal, con muchos estudiantes y con un ambiente que ya quisieran muchas ciudades para ellas. Mi corta estancia me ha servido, entre otras cosas, para comprobar que la gente del Sur es mucho más abierta y dicharachera que la habitante en la Isla Norte. El indicador utilizado ha sido el número de veces que he salido de juerga con los compañeros de trabajo, un total de 3 en dos semanas, por 0 en Wellington. No quiero decir con esto que las personas sean mejores ni peores, solo diferentes. Gente como la de aquí, en mi trabajo de Wellington, son contadas, aparte de mi adorable jefe del cual solo puedo tener buenas palabras, uno de sus últimos actos fue invitarme a su casa a cenar, previo paseo por una de las zonas donde se rodó El Señor de los Anillos, así como regalarme 6 botellas de mi favorita KiwiCerveza. Hablando de cervezas, el viernes estuve en Dux de Lux, en Christchurch, mejor bar de Nueva Zelanda dicen los entendidos. Bueno, después de haber estado, lo confirmo, hasta me aventuraría a decir que es uno de los mejores del mundo, al menos, en los que yo haya estado. Había un ambiente espectacular (habían como 100 personas en la terraza cuando llegué a pesar de no ser una noche especialmente cálida) y la comida estaba de muerte, pero no es eso por lo que destaca, lo hace por la cerveza. La cerveza la hacen ellos, y tienen 6 tipos¡, de barril, cada cual mejor¡ especialmente una de ginsen que estaba sencillamente espectacular. Han sido dos semanas de trabajo intenso en la Universidad de Lincoln, donde no he parado un solo segundo de aprender, y donde todo el mundo me ha tratado fenomenal, empezando por la persona que me enseñó todo, Lynne. Que mujer más encantadora, me he sentido como en casa con ella ya que me hizo un hueco en su despacho, dejaba siempre su ordenador encendido para que yo mirara Internet, me ha ayudado mucho con los análisis, me ha llevado al campo, de hecho he realizado trabajo de campo con ella, me invitó a comer… Durante este tiempo, he vivido en la misma Universidad, en casas para estancias cortas (pero no de las de quita y pon de la Universidad de Elche), una casa para mí solo, con dos plantas, con forma de barraca, con jardín con césped delante, y con vistas a un inmenso pasto, como no, de ovejas con las cumbres nevadas de los Kiwi Alpes al fondo… en definitiva, ¿qué mas se puede pedir? Creo que nada más, si lo hubiera intentado imaginar, el mejor de los sueños se acercaría bastante a lo real. Como colofón, el sábado me alquilé un coche y me fui a la montaña, pasando de la costa Este a la costa Oeste. Mis palabras para definir lo vivido serían parecidas a las utilizadas en la versión anterior de este “Elegante”, por ello no me voy a repetir, pero si diré que por un momento llegué a pensar que aquello no era cierto, que estaba soñando, vigilia causada por una sobredosis de estímulos: cumbres nevadas, glaciares, rios, vegetación exuberante pero también discreta, carreteras que miraban al cielo, loros enormes, conejos, pastos con todo tipo de animales, lagos… la única lástima es que estaba nublado, pero me vuelvo a quedar con ese momento cuando me acerco a la costa y de repente, como por arte de magia, se abre el cielo, el sol brilla con fuerza y vuelve a aparecer ante mis ojos el océano Pacífico. Por cierto, en este viaje, en el cual iba solo, conocí a tres chicos sudamericanos (Chile, Argentina y Uruguay). El caso es que vi un coche parado y tres chicos intentando solventar un problema, paré y me comentaron el tema. A todo esto no había cobertura, y los pueblos escasean en esa zona de montaña (Arthur’s Pass), por lo que realmente necesitas la ayuda de alguien que pare. Recorrimos cerca de dos horas (tiempo durante el cual repasamos el pasado, presente y futuro de Sudamérica y de España) hasta llegar a un pueblo costero y poder comprar una batería (la antigua sencillamente falleció). Volvimos y conseguimos solventar el problema y de paso conocer a tres auténticos fenómenos a los cuales tendré la oportunidad de volver a ver cuando venga al Sur de nuevo de vacaciones, y quien sabe si en Sudamérica cuando por fin vaya, pues es uno de mis sueños.
En fin, ya estoy de vuelta en Wellington, el tiempo ha pasado y no me he dado cuenta, y ya estoy casi acabando, ya que salgo el 10 de Noviembre, dos días después de las elecciones, donde la actual Primera Ministra, Helen Clark (Labour), creo que va a tener que ceder su puesto a John Key (National). El lunes de la semana próxima, viene un buen amigo de España y nos embarcamos de nuevo en el Interislander, para cruzar el charco, con la intención de explorar cada rincón de la Isla Sur. Serán 9 días, que se me antojan cortos, ante lo mucho que ofrece la Isla Sur, tengo tantas cosas en mente que creo que no podremos completarlas todas, aunque se intentará. Entre ellas está la visita a una bodega de vinos biodinámicos (es una especie de agricultura ecológica que fundamenta su base en los ciclos lunares) donde trabaja una amiga holandesa, probar varias actividades como son el Zorbing (tirarnos rodando ladera abajo en una bola), montar en globo o puenting, ir a Fiordland (cuna del que dicen, es el sitio más espectacular de Nueva Zelanda, llamado Milford Sound), visitar zonas de la Isla Sur donde se rodó el Señor de los Anillos, Parque Nacional de Abel Tasman, comer mejillones en Havelock, visitar la Universitaria ciudad de Dunedin así como su fábrica de cerveza, bucear con delfines y ver ballenas y pingüinos en Kaikoura, ver el glaciar de Frank Josef, visitar el techo de NZ (Mountain Cook, 3754m) y un largo etcétera de posibilidades que este apasionante país ofrece al curioso visitor. Termino de esta manera mi “Elegante” emplazando a vosotros, lectores, a la última versión del mismo donde contaré lo vivido en este apasionante viaje así como mis reflexiones sobre esta mi estancia, la que ya califico de antemano como incalificable.
Ser felices, Martín.
martes, 30 de septiembre de 2008
Nueva Zelanda: un país de contrastes
Para no faltar con mi cita puntual con la verdad, no se muy bien por donde empezar pues es tanto lo que quiero transmitir que fallo en el intento. Bueno, haré lo que pueda desde esta ventana discreta, la cual abro de cuando en cuando para acercaros un poquito de mis vivencias. Como comenté en un pasado no muy lejano, este fin de semana ponía rumbo zona central de la Isla Norte. Para ello alquilé un coche (la verdad es que aquí sin coche haces poco, ya que las ciudades son meros dormitorios excepto algunas excepciones como Wellington y para llegar a los sitios interesantes la verdad es que lo necesitas), lo cual supuso la primera novedad, papeles cambiados, todo a la izquierda. No me costó tanto el hecho de ir siempre por mi siniestra como acostumbrarme a tener el cambio de marchas en ese mismo lado, o los intermitentes también en el lado cambiado (la primera hora estuve cambiando de carril accionando el limpiaparabrisas, jaja). El destino era Rotorua, previo paso por Taupo. Bueno, lo primero que hay que decir, es que estamos en una zona donde la actividad geotérmica es más que evidente, conformando una de las zonas más activas del mundo, fruto del roce (el cual hace el cariño) entre las placas Pacífica e Indo-Australia, por ello no es raro sentir pequeños terremotos y encontrar volcanes así como todo tipo de manifestaciones y de testigos que de ellos se derivan.
Como siempre aquí en NZ, los pastos se sucedían sin descanso, donde las ovejas a pesar de ser la especie dominante, dejaban hueco a las vacas, incluso a caballos. Tampoco resultaba raro encontrar campos de golf (de los que no se riegan) donde las ovejas hacían las veces de banderines móviles. Entre los pastos, de vez en cuando se atravesaba algún denso bosque, donde el sol echaba horas extras para llegar a la superficie. Toda esta carrera de relevos entre pastos, zonas agrícolas y bosques la rompió bruscamente los límites del Tongariro National Park con su imponente y muchas veces cerrada al tráfico Desert Road. Hasta este punto, la abundante lluvia media dejaba al verde como auténtico protagonista, sin embargo, la carretera del desierto abría un amplio abanico de grises y marrones, culminado por el blanco de las cumbres que forman parte del PN. Los paisajes me recordaban a mi querida sureña Almería, con una especie de esparto como prácticamente único testigo vegetal así como lomas desnudas y desprotegidas, el espectáculo era majestuoso, sobre todo por la magnitud del cambio en la corta distancia, siendo esta una de las señas de identidad de este país: los cambios, los contrastes, la diversidad. Como si de una carrera de relevos se tratara, los verdes de la vegetación y los azules de ríos, lagos y charcas volvían a ser nota predominante una vez atravesada la carretera del desierto. Taupo nos recibió con el lago que lleva su nombre (lago más grande de NZ), bordeado por una serpenteante carretera donde las paradas eran más que obligatorias. Desde Taupo a Rotorua, tuve la oportunidad de ver cosas preciosas, pero lo que sin duda mas me sorprendió fue la impresionante actividad volcánica, presente en cada rincón de esta región. Fruto de esta actividad hay un permanente olor a huevo a podrido, cuyo responsable es el ácido sulfhídrico que emana de los innumerables cráteres y fumarolas que salpican la zona. La primera vez que se presentaron ante mis ojos las emanaciones, pensaba que estaba ante un incendio, pero no, todo formaba de la actividad interior presente, y de que manera, en el exterior. Para ver todo esto de cerca, nos acercamos a Wai-o-Tapu (sur de Rotorua), donde tuve la oportunidad de ver con mis ojos todo lo que has leído en los libros pero que nunca has tenido la oportunidad de presenciar, el espectáculo era fascinante: geisers, lodos y aguas ebullescentes, nubes de vapor por todos lados, infinidad de colores dados por los distintos minerales aflorados en superficie… en definitiva, un deleite para los sentidos. Para finalizar mi estancia en Rotorua, fui a unos baños al aire libre con piscinas a distintas temperaturas desde los 35 a 40 grados, una gozada, si bien, el cambio de una piscina a otra era duro pues hacia viento y estaba nublado, que vida mas complicada esta.
La vuelta la hicimos por otro sitio, por recomendación de los lugareños, pudiendo realizarse un símil con el trayecto de Hécula a Elche, el cual se puede hacer por Villena o bien por Pinoso, con una pequeña diferencia horaria, pues tardé 7 horas en llegar a Wellington, las cuales se me pasaron sin darme cuenta. Pues bien, este trayecto de vuelta fue igual o mas espectacular que el de ida, con paisajes agrícolas y pastos interminables y perfectos, que bien valen una postal, o mejor, un cuadro., mezclados con bosques exuberantes, casas idílicas, ríos, lagos… lo mejor fue cuando sin previo aviso aparece ante mi el inmenso Océano Pacífico, pero es que giro mi cabeza hacia la izquierda y se levanta ante mi el Mt Taranaki (volcán perfecto, típica montaña que todos hemos dibujado de pequeño, con su cumbre nevada) que la tierra se había encargado de introducir aguas adentro por medio de una península. Toda esta decoración se encontraba iluminada por un sol un sol radiante, con una luminosidad e intensidad desconocida para mi... la situación hizo que me quedara un par de minutos sin reacción, tan solo la de observar el fastuoso espectáculo.
En fin, que no os aburro más con mis historias. He resumido tanto como he podido, intentando transmitir, aunque sea imposible, parte de lo que he sentido este fin de semana, para lo cual las fotos me van a ser de gran ayuda. De lo que estoy seguro es de que esto es lo más bonito que he visto en mi vida, y que nunca pasara al olvido, puesto que los recuerdos son imborrables, y mas estos, que son de aquellos que dejan huella.
Como siempre aquí en NZ, los pastos se sucedían sin descanso, donde las ovejas a pesar de ser la especie dominante, dejaban hueco a las vacas, incluso a caballos. Tampoco resultaba raro encontrar campos de golf (de los que no se riegan) donde las ovejas hacían las veces de banderines móviles. Entre los pastos, de vez en cuando se atravesaba algún denso bosque, donde el sol echaba horas extras para llegar a la superficie. Toda esta carrera de relevos entre pastos, zonas agrícolas y bosques la rompió bruscamente los límites del Tongariro National Park con su imponente y muchas veces cerrada al tráfico Desert Road. Hasta este punto, la abundante lluvia media dejaba al verde como auténtico protagonista, sin embargo, la carretera del desierto abría un amplio abanico de grises y marrones, culminado por el blanco de las cumbres que forman parte del PN. Los paisajes me recordaban a mi querida sureña Almería, con una especie de esparto como prácticamente único testigo vegetal así como lomas desnudas y desprotegidas, el espectáculo era majestuoso, sobre todo por la magnitud del cambio en la corta distancia, siendo esta una de las señas de identidad de este país: los cambios, los contrastes, la diversidad. Como si de una carrera de relevos se tratara, los verdes de la vegetación y los azules de ríos, lagos y charcas volvían a ser nota predominante una vez atravesada la carretera del desierto. Taupo nos recibió con el lago que lleva su nombre (lago más grande de NZ), bordeado por una serpenteante carretera donde las paradas eran más que obligatorias. Desde Taupo a Rotorua, tuve la oportunidad de ver cosas preciosas, pero lo que sin duda mas me sorprendió fue la impresionante actividad volcánica, presente en cada rincón de esta región. Fruto de esta actividad hay un permanente olor a huevo a podrido, cuyo responsable es el ácido sulfhídrico que emana de los innumerables cráteres y fumarolas que salpican la zona. La primera vez que se presentaron ante mis ojos las emanaciones, pensaba que estaba ante un incendio, pero no, todo formaba de la actividad interior presente, y de que manera, en el exterior. Para ver todo esto de cerca, nos acercamos a Wai-o-Tapu (sur de Rotorua), donde tuve la oportunidad de ver con mis ojos todo lo que has leído en los libros pero que nunca has tenido la oportunidad de presenciar, el espectáculo era fascinante: geisers, lodos y aguas ebullescentes, nubes de vapor por todos lados, infinidad de colores dados por los distintos minerales aflorados en superficie… en definitiva, un deleite para los sentidos. Para finalizar mi estancia en Rotorua, fui a unos baños al aire libre con piscinas a distintas temperaturas desde los 35 a 40 grados, una gozada, si bien, el cambio de una piscina a otra era duro pues hacia viento y estaba nublado, que vida mas complicada esta.
La vuelta la hicimos por otro sitio, por recomendación de los lugareños, pudiendo realizarse un símil con el trayecto de Hécula a Elche, el cual se puede hacer por Villena o bien por Pinoso, con una pequeña diferencia horaria, pues tardé 7 horas en llegar a Wellington, las cuales se me pasaron sin darme cuenta. Pues bien, este trayecto de vuelta fue igual o mas espectacular que el de ida, con paisajes agrícolas y pastos interminables y perfectos, que bien valen una postal, o mejor, un cuadro., mezclados con bosques exuberantes, casas idílicas, ríos, lagos… lo mejor fue cuando sin previo aviso aparece ante mi el inmenso Océano Pacífico, pero es que giro mi cabeza hacia la izquierda y se levanta ante mi el Mt Taranaki (volcán perfecto, típica montaña que todos hemos dibujado de pequeño, con su cumbre nevada) que la tierra se había encargado de introducir aguas adentro por medio de una península. Toda esta decoración se encontraba iluminada por un sol un sol radiante, con una luminosidad e intensidad desconocida para mi... la situación hizo que me quedara un par de minutos sin reacción, tan solo la de observar el fastuoso espectáculo.
En fin, que no os aburro más con mis historias. He resumido tanto como he podido, intentando transmitir, aunque sea imposible, parte de lo que he sentido este fin de semana, para lo cual las fotos me van a ser de gran ayuda. De lo que estoy seguro es de que esto es lo más bonito que he visto en mi vida, y que nunca pasara al olvido, puesto que los recuerdos son imborrables, y mas estos, que son de aquellos que dejan huella.
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